El «pasador» (capítulo I)

La brisa marina surgía fría y salada de la oscuridad del Mar de la Brújula. Adam Fremark miró hacia allá, apoyado en el muro de piedras que separaba el paseo de la brutalidad de las olas. Esa nocturna penumbra le inquietaba aún más de lo que estaba; había hecho eso más veces, pero uno nunca se acababa de acostumbrar.

Pero esa noche era diferente. La niebla era casi tan espesa que parecía que se podía cortar con la navaja que llevaba en el bolsillo del pantalón y un vapor salía lento, pesado del puerto, batiendo sus enormes paletas contra el agua. La columna que salía de su chimenea se juntaba con la de las múltiples fábricas que se situaban cerca del mar, agrupadas en torno a los muelles y echando sus malolientes desechos al agua. La bocina del buque sonó estridente y cargada.

Adam se volvió para atrás. No era lo más apropiado estar distraído a esas horas. Palpó la cajetilla metálica llena de cigarros que llevaba en el bolsillo del pantalón, la sacó y tomó un cigarro. Empezó a fumar intranquilo: el hombre a quien esperaba se estaba demorando demasiado.

Entre calada y calada iba recordando cómo se había metido en todo ese lío. Recordaba su hambre y esa taberna de mala muerte y aquella tabernera gorda y sucia que olía a alcohol. Recordaba a ese hombre tan bien vestido que bebía solo y al cual nadie de esos desgraciados, de esos desechos sociales, se atrevía a robar nada a pesar de llevar un atuendo tan glamuroso. Se acercó a él. Sus anteojos y sus perilla perfilada le daban un aspecto un tanto astuto, pero la desconfianza que infundían esos rasgos se disipaba con la sonrisa con la que le saludó.

“Hola, soy Richard Upwell, pero me puedes llamar Up”-le había dicho-. “¿Puedo confiscarle un poco de su preciado tiempo?”. Aunque la verdad es que en esos años, cuando habría tenido quince o dieciséis, Adam no hacía gran cosa. Marchaba de taberna en taberna, emborrachándose. Dormía a la intemperie y pasaba mucha hambre. La única forma que tenía para subsistir era el pillaje de pobres vendedores ambulantes o de tiendas de ultramarinos. Hacía de eso tres años en los que se había dedicado a otras actividades no menos delictivas; no obstante, nunca le habían pillado o encarcelado como antes.

Juan F. Morillo

Juan F. Morillo

Por fin divisó una figura de un hombre entre la blancura. No se le veía bien, solo que llevaba un abrigo negro y un sombrero de copa alta a juego. Cuando se acercó lo suficiente se dio cuenta de que era el mismo hombre que hacía tres años le había metido en todo ese “oficio” de ventas. No había cambiado nada en absoluto, era igual que en la taberna. Gafas redondas, perilla afilada y un pelo corto y oscuro como la penumbra del mar. Llevaba un chaleco abotonado con rayas verticales verdes y sostenía la chaqueta sobre los hombros.

Adam tiró al suelo de manera violenta la colilla y la pisó con el talón del pie. Acto seguido, metió su mano dentro de la chaqueta hasta palpar el instrumento metálico y gélido que era su pistola. No tenía dinero para comprar balas, pero servía para intimidar. A veces en ese trabajo servía más aparentar que ser.

La misma sonrisa se acercó a él.

-Hola. Hace una noche estupenda. ¿No?

-Si consideramos que estamos en otoño, sí. ¿No tienes frío sin el chaleco?-le preguntó. Él llevaba hasta un abrigo por encima.

-No. Verá, yo no soy muy propenso a ello. ¿Entiende? Normalmente tengo calor. Además, este chaleco de lana es muy caliente, es de la marca billy-goat.

-Dejémonos de rodeos -finalizó Adam con un ademán con la mano que tenía libre-. Dame la mercancía.

-Espere, caballero. ¿Acaso no te preguntas donde me he metido todos estos años?

-Todo eso poco importa, en verdad. Las noches de Westport son peligrosas, sobre todo con esta niebla. Cualquier loco te puede robar… o algo peor.

-Tranquilícese. Conmigo ha de estar seguro que ni John “el carnicero” se atreverá a asomarse por la alcantarilla.

Adam suspiró nervioso y resignado. Ese hombre le radiaba un aura de respeto y hasta miedo.

-Habla.

-Vera…¿Conoce a Karsten Maier?- el chico negó con la cabeza-. En todo caso, nos representa un problema. Ese hombre, venido del Imperio junto con su… ¿Lacayo? ¿Amigo?¿Compañero? Bueno, total, que más da. Con su compinche Fremont Engraf están haciendo que el consumo de nuestra sustancia baje en ciertos distritos.

-¿Y eso?

-Nah, bobadas, carisma e ideas disparatadas. El asunto es que usted ha de encargase de esto-pausó un segundo y continuó con un tono más bajo, pero sin susurrar-. Tiene que meterse en una de sus reuniones y asesinarle. Le doy mi palabra de que no pasará nada, tendré a mis hombres por allí.

-¿Y el trabajo sucio no lo pueden hacer sus hombres?

-Confío más en usted.

-No me conoce de nada.

-Te llamas Adam Fremark. Naciste en dos mil dos, en un pueblecillo campestre de las afueras. No obstante, tus padres se mudaron a la ciudad por la industria y por la posibilidad de salir de pobres. Te quedaste huérfano a los doce porque los dos contrajeron tuberculosis.

-¿Cómo sabes eso?-le preguntó Adam, asombrado. Sacó la mano derecha con la que palpaba el arma al exterior.

-Toma-le dijo tendiéndole un fajo de billetes. Por lo poco que llegó a contar, eran trescientas “Labracks”. La suficiente cantidad para aguantar cinco años sin “pasar”-. Habrá el triple después de que hayas eliminado a ese indeseable. Mañana, tres de la tarde en el café “Brave New World”, del distrito Nelson. Con parte del dinero compra balas. Si cumples con todo, a esta misma hora de hoy para el resto.

Adam metió el dinero en el bolsillo interior donde tendía el arma y asintió convencido. Sin decir palabra, el hombre, de cuyo nombre no se acordaba ya por el paso del tiempo, caminó hasta desvanecerse entre la niebla por la travesía marina como un espectro.

El vapor volvió a hacer que su bocina sonase, esta vez de forma lejana y tenebrosa.

 CONTINUARÁ

Manuel de Castro de Diego (Cuarto de ESO – B)

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