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La “Wall’s Avenue” era una de las calles más concurridas y dispares de la ciudad. 

Greenwich Village

Esperanza Rodríguez

A un lado de esta, edificios antiguos de piedra. Edificios elegantes, señoriales, decorados con escudos y estatuas que sobresalían de la pared como si emergieran de ella. En la planta baja, tiendas de los más importantes y selectos artesanos de la ciudad, los más caros y exquisitos, solo reservados para los burgueses industriales y los pomposos aristócratas. En las demás plantas, oficinas y viviendas igual de selectas que las tiendas que tenían debajo. En esa acera se podían ver hombres algo gordos, con grandes sombreros de copa ancha o modestos bombines, y mujeres engalanadas con vestidos largos y sedosos. Los niños corrían de aquí para allá, pidiendo a sus padres cualquier tipo de juguete o persiguiendo a los pájaros que se atrevían a picar el suelo de las terrazas, en busca de alguna miga o resto de comida.

En el otro extremo, altas construcciones de ladrillos otrora naranjas, ahora grises por la suciedad y el paso del tiempo. Se antojaban dispares, monstruosos, con sus muchas imperfecciones y roturas: una ventana rota por allí, un canalón partido que dejaba caer el agua a plomo contra el suelo, una tejado a punto de precipitarse que nadie había tenido el cuidado (o el dinero) de arreglar. En la planta baja no había lujosas tiendas, sino tabernas de mala muerte, algún que otro fumadero y ultramarinos que cerrarían si existiera algún tipo de control sanitario. A los hombres no les sobraban las carnes, más bien al contrario, y a algunos el cordón de esparto no les servía para sujetar su remendado pantalón y tenían que parar constantemente a subírselos. Las mujeres parecían ancianas, ya fuese por su constitución demacrada y sus andares erráticos o por sus rostros distantes y fríos. Y los niños… ¡Ay, los niños! Allí no perdían el tiempo en perseguir aves, sino en fijarse en cuando el vendedor se despistaba, para robarle algo para llevarse a la boca.

Tan solo una avenida ajardinada, asfaltada con piedra, separaba estos dos mundos tan distantes y próximos a la vez, de tanto odio recíproco y tanta necesidad mutua.

Adam caminaba por la segunda parte; se sentía más cómodo entre los de su índole, y además se había vestido como uno de ellos: una camisa blanca, una chaqueta marrón, unos pantalones de pana y una boina. Giró por una de las calles. Pronto el asfalto pasó al barro. Según le habían dicho, en esa calle, “February Road”, se encontraba la cafetería “Brave New World”. Siguió caminado, mirando a todos lados: nunca se sabía cuándo un ladrón te podría atracar, aunque él solo llevaba encima el revólver ya cargado y con el seguro puesto, las llaves de su casa y una “labrack” para tomar algo.

Y por fin lo vio. El establecimiento estaba anunciado por un cartel que destacaba por su limpieza y la bonita caligrafía en cursiva. Entró. El ambiente olía a tabaco, algo poco usual, porque normalmente los bares de esa parte de la ciudad olían a vómito y a suciedad. 

El local estaba lleno hasta arriba; ni un ánima más entraba ya allí. Sobre un altillo estaban los hombres que buscaba, no cabía duda. Uno de ellos llevaba un traje completamente negro y una camisa beis interior. Tenía un imponente bigote oscuro y una frondosa barba que se unía a una cabellera que empezaba a claudicar ante la edad. Se apoyaba con el codo en el pasamanos de la escalera, esperando a comenzar.

El otro vestía de una manera más elegante, con una corbata y un chaleco gris interior que se asomaba por encima de su chaqueta. Su barba no era menos frondosa; sin embargo, carecía de patillas y tenía más pelo que su compañero. Se sentaba en el taburete acolchado del piano que presidía el café. 

La gente los observaba expectante, algunos cuchicheando, algo inusual entre los toscos modales de los obreros. No obstante, había algunos hombres y mujeres que destacaban… Parecía que solamente Adam se había fijado en sus muecas serias y en sus cabelleras rojas. Todos ellos parecían seguir un mismo patrón de vestimenta, tenían un chaleco “billy-goat”. ¿Serían los enviados del capo?

Por fin, el que se apoyaba en la escalera, viendo que todo estaba a punto, se decidió a hablar saliendo de su postura.

-Hola, amigos -dijo con una voz cálida-; yo soy Karster Maier y él es Fremont Engraf.

-En efecto- corroboró el otro, levantándose-. Hoy, como es costumbre en cada domingo, nos gustaría hablarles de un tema que nos afecta a todos. Pero primero nos gustaría celebrar que por fin hayamos alcanzado ese objetivo tan primordial del descanso dominical. Todos nosotros, compañeros, hemos demostrado que la lucha de las Uniones sirve para alcanzar nuestros legítimos objetivos -añadió, cerrando en puño en un movimiento enérgico. La sala se llenó de aplausos. Pero él seguía pensando en cuál sería el mejor momento para ejecutar su plan. El sudor le recorría la espalda y hasta el pulso le temblaba… nunca había asesinado a alguien.

-No obstante, tenemos que advertirles hoy de un peligro -retomó Fremont cuando cesaron los aplausos-. Pero no es un peligro al uso; puede afectar hasta a la mismísima reina Verity, pero sobre todo a nosotros, pues somos los más vulnerables. He oído de madres que administran esa maldición blanca a sus hijos para mantenerlos tranquilos.

-No podemos permitir…

Las puertas de la entrada se abrieron de sopetón, interrumpiendo a Karster. Un policía vestido de azul le interrumpió de forma brusca, dejando a todo el mundo desconcertado.

-¡En nombre de la reina y del juez superior William Goldman! ¡Karster Maier y Fremont Engraf, quedáis detenidos! -informó, titubeante; parecía un agente joven.

Karster alzó las manos intentando llamar a la tranquilidad, pero no fue suficientemente rápido. Un joven, de apenas dieciséis o diecisiete años, sacó con un movimiento ágil un cuchillo y le clavó el arma al agente en un costado. El guardia agarró con espanto la empuñadura y se desplomó sobre el suelo. 

Tras un efímero silencio donde todos contuvieron la respiración, los cristales se rompieron ante los impactos de las fugaces balas. La gente se ponía a cubierto como podía, detrás de las mesas, detrás de la barra o detrás de los barriles. Sus dos objetivos estaban agachados a apenas cinco pasos, pero el ruido del fuego a discreción y los gritos aterrorizados de las personas le habían aturdido… hasta que un trozo de metralla le atravesó el hombro. Cayó al suelo con la vista ennegreciéndose, como si estuviese entrando en la cueva de Cerbero, a la espera de su juicio.

CONTINUARÁ

 

Manuel de Castro de Diego  (Cuarto de ESO – B)


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