El “pasador” (… y capítulo V)

Manuel de Castro de Diego. 4º ESO B

William apagó con el talón el cigarro en el suelo embarrado que rodeaba la “White-Factory”. Mejor que Adam no le hubiese mentido…

La ubicación de la fábrica le parecía un tanto peculiar. Él tenía una visión de esta desde una plaza a la que daba la puerta trasera del edificio, y también podía ver las dos calles que la rodeaban y los edificios que la delimitaban. Al lado izquierdo había viviendas y talleres viejos construidos con piedra, madera e incluso con adobe. Tal era la antigüedad de las construcciones de piedra que en un arco que abría  a la plaza se podía leer: “One God, One State, One King, One People. Long Live to the North Kingdom”, uno de los lemas del absolutismo que había caído hacía más de doscientos años. No obstante, las letras eran ahora poco legibles por la suciedad que a través de los años las había sepultado, como el ideal que representaban. Sin embargo, en el ala derecha se veían los nuevos edificios de ladrillos rojos donde se hacinaban los obreros.

La “White-Factory”, pues, se había construido entre dos mundos, pensaba Will. Y en cuanto a su aspecto… era deplorable. La gran chimenea, de la que en otro tiempo debía de haber surgido una negra columna de humo, estaba medio derruida y dejaba ver sus cascotes diseminados por suelo. Muchas de las ventanas estaban apuntaladas con tablas y la puerta de metal que daba a la plaza parecía agujereada por balas. En cuanto a otro edificio anexo más pequeño que debió de servir de oficina, presentaba un tejado semiderruido y en un balcón ondeaban banderas desgarradas y descoloridas en unos mástiles. Por último, sus paredes estaban recubiertas de marcas de orines y mugrientos carteles superpuestos.

El silencio era total en ese momento; había elegido para la operación un día festivo en el que la gente se iba al parque, a las afueras o a la plaza mayor para comer con su familia, pasar el tiempo en compañía o simplemente relajarse en uno de los pocos días en los que nadie trabajaba. Iba vestido de paisano, con una boina calada en la cabeza y unos ropajes desgastados y remendados hasta el extremo. Quería ver el lugar antes sin levantar sospechas. Se levantó del banco donde estaba sentado y se dirigió al arco. Detrás de sus columnas estaría a salvo si había un tiroteo, que era lo más probable. Una vez allí, relajado, sacó un silbato y sopló. Era la señal.

Los policías empezaron a romper ventanas, a salir del umbral de las esquinas y a surgir desde las azoteas. Todos apuntaban con rifles o revólveres al edifico. Uno de ellos, que tuvo que encargarse de ello por sorteo, salió al medio del espacio y gritó a viva voz:

-¡Policía! ¡Salid con las manos en alto o se abrirá fuego!

La única respuesta fue el crotoreo de las cigüeñas de una iglesia cercana. Pasaron unos minutos tensos cuyo único ruido fue el ulular del viento. El agente se dio media vuelta encogiéndose de hombros al ver que nadie salía de allí. Adam le habría engañado… ¡Menuda vergüenza!

Todos empezaron a relajarse y algunos se atrevieron a salir de sus escondrijos para hablar con él. Escuchó al comisario Winston mascullar algo contra él. En ese mismo instante, las oxidadas ruedas de las hojas del portón comenzaron a moverse produciendo un profundo sonido metálico, como si fuesen un titán de acero viejo. Los hombres, al escucharlo, se quedaron quietos durante un instante efímero, pero pronto reaccionaron y corrieron otra vez a sus puestos.

Del interior de la fábrica surgió una figura masculina de mediana edad. Su pelo, mayormente ocultado por un sombrero de copa alta, era de un negro profundo. No obstante, la perilla que surgía de su mentón ya encanecía. Desde donde estaba, William no llegó a ver el color de sus ojos, en parte por la distancia, en parte por la oscuridad de su mirada y las gafas redondas que los cubrían. Vestía con un  frac negro y blanco y una pajarita carmesí. En contraposición a esto, su postura era depravada, tenía chepa y debía sostener parte de su peso sobre un bastón de caoba.

Los policías mantenían el dedo en el gatillo, dispuestos a apretarlo si cualquier indicio de agresión les llamaba la atención.

-¡Soy Richard Upwell!-gritó el capo-. ¡Y sí, soy yo el responsable de toda esa droga que corre por las venas de los ciudadanos! ¡Es culpa mía si he hecho algo malo!

-¡Manos en alto! ¡Queda arrestado por orden de William Goldman! -gritó el comisario, que se resguardaba detrás de un banco.

-¡Ja! ¿Arrestado yo? -contestó irónico-. ¿Acaso hice algo malo? Mantengo a mucha gente con el trabajo que doy. La droga no se pasa ni se fabrica sola. ¡Lo saben ustedes bien, que habéis arrestado a muchos de mis  pasadores! Y los que no comen con mi dinero, alivian sus penas en el polvo blanco. ¡De cuántos suicidios hablaríamos, si no fuera por la “White-Factory”! Y lo más importante para vosotros: los trabajadores drogados no molestan, son espíritus dormidos que trabajan y no arman ruido, aun viviendo en condiciones deplorables. ¡Vuestro trabajo sería más complicado si no fuera por la droga! ¡Huelgas, motines, insurrecciones se sucederían incontrolables!

Goldman sacó la pistola de su cinturón y quitó el seguro. Sabía que aunque su voz era mordaz y su tono convincente, no conseguiría adular a sus compañeros y mucho menos a Winston, que los comandaba.

-¡Queda usted arrestado, Richard Upwell, por orden del juez superior del condado! -volvió a ordenar el jefe del cuerpo.

“Up” realizó una mirada panorámica con una mueca y escupió en el suelo. Una nueva ráfaga de viento hizo ondear las deshilachadas banderas.

-¡Ojalá que vuestros cuerpos sean atravesados por tatas balas que paséis sed de la sangre que vais a perder!

Volvió sobre sus pasos y las puertas se cerraron de nuevo. De repente, múltiples manos arrancaron con violencia las tablas que tapiaban las ventanas acompañados de una bocina de alarma que ensordeció a todos. Después, ruido de cristales rotos y disparos. Los policías respondieron rápidamente el fuego. Will también salió de su escondrijo y pulsó el gatillo; no obstante, una bala perdida le tiró la boina al suelo y volvió a refugiarse aterrado.

Mientras tanto, los policías ya se habían metido en el edificio y se estaba empezando a adentrar en sus entrañas bajo la metralla y el dolor. El tiempo que pasó Goldman detrás del arco se le hizo eterno, a pesar de que no llevar más de media hora allí, hasta que un sudoroso comisario sin la gorra y con una marca carmesí en el uniforme le dijo que ya estaba todo terminado. Cogió la boina, se la volvió a calar en la cabeza y le siguió.

El interior de la “White-Factory” era extremadamente lúgubre, todo estaba bajo una penumbra. Las distintas máquinas de vapor que habrían estado encendidas de haber sido una factoría normal estaban desvencijadas o polvorientas y el aire olía a óxido. Detrás de este aspecto abandonado estaba el pastel. Plantas amontonadas, unas secas y otras recién cortadas, se amontonaban en fardos atados con cuerdas. “¿Cómo las meterían allí?” -pensó. También se veían barriles donde las mezclaban con productos químicos y bastidores donde se dejaba la pasta para que perdiese el agua. Del mismo modo, William vio los picadores donde convertían los bloques blancos en polvo y los paquetes de kilo.

-¿Lo han capturado? -le preguntó al jefe del cuerpo.

Este negó con la cabeza y señaló con el pulgar a una estancia. Se acercó. Dentro varios hombres estaban cortando la cuerda con la que Richard Upwell se había quitado la vida.

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