Everest, vertedero de altura

Roberto Santiago Barrios. 1.° Bachillerato HCS

Son las 11:30 de la mañana del 29 de mayo de 1953, cuando dos hombres exhaustos coronan la cima del mundo. Han estado cinco horas caminando al límite de sus fuerzas. Un esfuerzo tremendo donde su cerebro extenuado solo ha sido capaz de dar una orden: seguir adelante y no parar ante nada, un paso tras otro. Sin apenas aire en los pulmones, las palpitaciones en las sienes atenúan el ruido del viento. ¿Conseguirán ambos llegar?

Agotados tras la tremenda y despiadada ascensión, de repente comprenden que ya no pueden seguir avanzando, que ya no hay nada más. Después de recorrer el filo inestable apoyado sobre el vacío, lo han conseguido. Edmund Hillary y Tenzing Norgay alcanzan la anhelada cumbre del Everest, 8.848 metros, el punto más elevado del planeta.

Acababan de lograr una hazaña  de dimensiones épicas, nunca nadie lo había logrado hasta entonces: ascender a la cima del monte Everest, el techo del mundo. Tras varias expediciones fallidas, Edmund Hillary, alpinista, explorador y filántropo neozelandés, y Tenzing Norgay, su guía sherpa nepalí, lo lograron, alcanzaron la cima del Everest.

Desde entonces, numerosas expediciones trataron y lograron con éxito alcanzar y conquistar la cumbre del gigante. Para lograr este objetivo, los alpinistas necesitaban una preparación de años, constituyendo para muchos de ellos una victoria llegar a la parte más alta de este gélido titán.

Las primeras ascensiones se sucedieron con cuentagotas. La segunda corrió a cargo de los suizos, quienes en 1956 colocaron a cuatro alpinistas en la cima. La siguiente se retrasaría hasta 1960 y fue protagonizada por una gran expedición china que recorrió la arista noreste, donde desaparecieron Mallory e Irvine. Hasta los 80, las escaladas eran bastante esporádicas y en los primeros 25 años solo se subió en setenta ocasiones. La número 1.000 se hizo en 1999, de manera que en los últimos 14 años se ha subido 5.000 veces.

Pero lamentablemente, como hemos tenido ocasión de observar últimamente, todo eso ha quedado atrás; el Monte Everest se ha convertido en una simple atracción turística, invadida por cientos de turistas que, aun a riesgo de perder la vida en su ascenso a la cumbre, intentan, con una escasa preparación y tras haber pagado cantidades ingentes de dinero, alcanzar la cúspide del gélido coloso, dejando tras de sí cuantiosas cantidades de desechos y convirtiendo la cima del mundo en un vertedero de altura.

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