Stalingrado

MANUEL DE CASTRO DE DIEGO. 1º Bachillerato HCS

Toqué el fusil: todo de hierro frío y madera muerta.

En ese mismo instante, detrás de los cascotes de un antiguo edificio, recordaba mi hogar, ahora destruido. Los soldados llegaron del este en una camioneta. Era un día plomizo, nevaba ligeramente -cosa rara en un invierno ruso- y estaba cortando leña en un tocón. Bajaron y me saludaron con la rectitud de un militar. Hice lo propio. Me dijeron que debía quemar la casa, que tomase todo lo que pudiese y que marchase hacia Stalingrado; los alemanes llegaban y no había tiempo que perder. Les pregunté si tenía opción a negarme. Me respondieron con vehemencia que si quería mantenerme vivo y defender mi país, no me quedaba otra opción.

Cogí todo lo que pude meter en mi carro, prendí fuego a la casa y me fui todo lo rápido que pude, ya que la radio anunciaba el rápido avance de esos perros. ¿Ustedes saben lo duro que es para un joven de veinte años abandonar su hogar, donde han vivido tus antepasados por siglos? Bueno, claro, cómo lo van a saber…

Diría que, cuando entré ese diecisiete de julio en la ciudad, cayó la primera bomba. Después no me quedó otra opción que alistarme en el Ejército Rojo, en parte obligado, en parte porque me sentía con el deber. El primer día que me metí en la trinchera, estaba ilusionado, casi feliz de defender nuestra causa. Qué equivocado estaba…

Lo que más temía eran los aviones. No solo eran las bombas, que acabaron por derruir toda la urbe, sino ese silbido que hacían al caer, como anunciado la muerte y la destrucción. Recordándolo se me eriza el vello. Y no eran los cazas o bombarderos como los tanques, que eran inutilizados al acabar con ellos; sino que, si algun soviético los derribaba, se convertían en misiles sin control.

¡Oh! Y Stalingrado. Una bella ciudad a las orillas del Volga aniquilada, despedazada ante mis ojos. Los parques donde antaño los niños pasaban las tardes estaban repletos de minas; y en el campo de fútbol ahora era la parca quien jugaba el partido. ¡Dios!, solo con subir el cerro donde los enamorados se besaban en verano podía ver a la gente morir a balazos. En esos días, si se besaba a alguien era porque tenía los labios fríos. Los apartamentos, antes erigidos en acero y cemento, eran polvo, casquetes repartidos por las calles, si es que se les podían llamar calles a esos cementerios.

La fuente era la más fidedigna representación de la actualidad de la ciudad. Esta recreaba a unos niños en corro, sonrientes, rebosantes de vida en su realidad pétrea, junto a varias ranas que escupían agua por sus bocas al interior del estanque. Sin embargo, tras meses de pugna, los infantes estaban desprovistos de partes de sus cuerpos, el estanque estaba seco y a la sombra de las ranas se guardaban misiles de obuses.

Volví a la realidad y palpé mi fusil: todo de hierro frío y madera muerta. No me sentía las manos y estaba junto a… ¿podría llamarlo “amigo”? Ni lo sabía, y ni me importa, poco duró. Mi oficial nos pasaba lista con su semblante fiero. Al principio su rostro había sido afable, pero a cualquiera le cambia la cara con la guerra… La guerra no respeta a nada ni a nadie.

– ¡Soldados! -gritó-. Hoy es el día en el que derrotaremos a los alemanes. Hemos pasado aquí ya doscientos días y tras esta carga terminaremos con todo esto. Y cuando corráis hacia esas trincheras recordad la orden doscientos veinticuatro de Stalin: ¡Ni un paso atrás! ¡A la carga! -ordenó desenfundando el sable, apuntándolo hacia el frente.

Los quinientos iniciamos la carga lentos, atravesando una explanada de destrucción. Pero pronto la respuesta de los alemanes llegó en forma de misiles. Uno de ellos hizo saltar por los aires a “mi amigo”. Nos paramos un momento, dudando si continuar, pero uno de mis camaradas tomó una bandera roja que estaba tirada en el suelo, gritando que no nos rindiéramos, que la victoria estaba enfrente. Con la moral subida por el discurso, retomamos la carga con la bandera ondeando delante de nosotros. Un alemán lo acabó abatiendo, pero otro le tomó el relevo.

Gritábamos, ¡oh, si gritábamos! Parecíamos bestias cazando. De un salto, entre balazos y granadas, nos colamos en sus trincheras y los vimos. Estaban aterrados, eran como corderos a la espera del sacrifico. Me abstendré de comentar lo que hice allí dentro, me avergüenzo de aquello. Creerás que un soldado dispara siempre al blanco, pero te equivocas, nadie mata a nadie por gusto. Yo nunca apuntaba. Pero allí dentro…  Allí dentro supe qué era la sangre. No creo que pueda llamar humanos a los animales que ahí dentro lucharon…, ni a mí mismo. A veces tengo pesadillas de esos instantes en los que la parte más primitiva del cerebro se adueñó del cuerpo.

Acabado todo, surgí de ese infierno de apenas un metro y medio de profundidad. Anduve un rato, hasta que no sé qué fuerza hizo que me desplomara. Arrojé el fusil y me arrodillé sobre el suelo cubierto de nieve teñida de carmín. Lloré.

Mi oficial se acercó a mí con las manos en la espalda, sacando pecho y, como era de costumbre, serio como la estatua de un César.

– A mayor dificultad, mayor recompensa -sentenció.

Aguante la respiración. Me temblaba todo el cuerpo. Sus gritos aún me retumbaban en la cabeza.

– ¿Cuál es la recompensa?

– ¡La victoria, soldado!

– ¿La victoria? ¿A costa de qué? De lágrimas y sangre, sangre de los pueblos de la Unión, sangre de Alemania, sangre de los europeos… Y todo por ese monstruo, al que llaman Führer. Élesla guerra.

– Sí, soldado -respondió y señaló con el dedo índice al horizonte-. Esas tierras están hechas de guerra, tras ellas está el Führer que causó la guerra. No pararemos hasta acabar con él, no pararemos hasta llegar a Berlín, no pararemos hasta acabar la guerra… con guerra. Ella solo sabe de sí misma.

– Entonces, acabaré con ella a balazos, si es lo que desea.

Me levanté y cogí el fusil: todo de hierro frío y madera muerta.

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