Una tarde cualquiera

Alumno de 2.º de ESO/PMAR I

Un día se me ocurrió salir con unos amigos con la bicicleta y fuimos por un camino y, de pronto, nos topamos con un pinar. Recordamos que, de pequeños, hicimos una cabaña en un árbol, pero no me acordaba de en qué árbol la hicimos. Entonces, se me ocurrió que, como es muy grande el pinar, sería mejor separarme de los demás y dije:

-Si no salgo, contad diez árboles hacia el frente y cincuenta hacia arriba.

Pasaron veinte minutos y me encontré con Iker, mi mejor amigo actualmente. En aquel tiempo, Iker y yo no nos caíamos demasiado bien porque de pequeños él me molestaba y yo, para vengarme, decidí decírselo a la profesora. Ella le castigó dos semanas sin recreo y a copiar “No molestaré a mis compañeros”.

Él me pidió perdón por lo que me hizo de pequeños. Acepté sus disculpas y decidí bajar a contarles a los demás que Iker había encontrado la cabaña. Entonces dije:

-Contad veinte árboles a lo largo y sesenta y cinco a la subida.

Ellos se distrajeron y se perdieron y yo les intenté decir:

-Bajad colina abajo y yo os acompañaré a la cabaña.

Para bajar más rápido, lo hice con la bicicleta, pero no me acordaba de que no tenía frenos, con lo cual, al final de la bajada vi que no frenaba cuando apretaba la maneta. Me acordé tarde de que el cable se había roto hacía una semana por estar toda la mañana derrapando. Después, fui derecho al río y cogí más impulso pedaleando y giré intentado coger un pequeño montículo de tierra y salté el río de punta a punta. Lo peor fue que no tenía suspensión porque la bicicleta era antigua y el cuadro de la misma no soportó el golpe. Se rajó. Lo bueno es que me dio tempo a llegar a casa antes de que se rompiera del todo.

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