Eduardo

 

En aquella noche fresca de junio, yo me encontraba sola en aquel pequeño bosque, lleno de vida y de energía; me encantaba sentir el olor de tierra mojada, sentir la brisa fresca acariciando mi frente, disfrutaba oyendo la música de la naturaleza, una armonía perfecta, que me hacía olvidar el mundo malo y me hacía creer en lo mágico, en lo maravilloso y en un mundo mejor.

Caminaba tranquilamente por aquel estrecho y largo camino, admiraba la luna llena y las estrellas sonrientes, cuando vi que venía alguien, estaba oscuro y no veía bien, y me puse nerviosa, no solía venir gente por aquí. Esa persona avanzaba hacia mí con pasos largos, lentos y decididos, mi corazón se aceleraba cada vez más. Mi respiración paró por un segundo cuando vi quien era esa persona, no me lo podía creer, era él, era… ¡Eduardo! Yo salí de mi estupor eterno y le sonreí, él me devolvió la sonrisa y acortó la infinita distancia que nos separaba… Me abrazó. Yo, ansiosa, le respondí, apretándole muy fuerte y hundiendo mi cabeza en su pecho, podía oír su corazón, sonaba tan bien como la música de la naturaleza, y eso me calmó y pude respirar al ritmo de su corazón. Después de unos segundos así, yo aflojé un poco el abrazo y le miré a los ojos; él me miraba con dulzura y paciencia eternas. Le cogí las manos y le pregunté:Imagen_205

-¿Ese encuentro quiere decir que hay esperanza para nosotros?-. Y me maravillé al darme cuenta de lo maravilloso que sonaba ese ‘nosotros’ cuando me refería a él y a mí, pero no me distraje mucho, porque quería mi respuesta.

Él apretó fuerte mis manos, besó mi mano derecha y llevó mi mano izquierda a su corazón. Mientras besaba mi mano, empezó a contestarme:

-Mi niña, tenemos que estar juntos, nos completamos, yo vine para que estemos juntos, porque te quiero.

Y al decir eso, me sonrió. Yo sentía un volcán de alegría dentro de mí, y le devolví la sonrisa. Me puse de puntillas para alcanzar su boca, pero él me detuvo y su sonrisa angelical se transformó en una sonrisa burlona y diabólica, y pude ver en sus ojos un brillo enfermizo.

Él me cogió por los hombros y me dijo, en tono divertido:

-Tenemos que estar juntos… en una cama, nos encajamos y nos completamos como cualquier hombre y mujer sanos se encajarían, y te quiero a ratos, entre cuatro paredes.

Mientras decía eso, yo sentía que me hundía en aquella tierra mojada, y el volcán de alegría se transformó en un volcán de desilusión y angustia; no pude soportarlo, y el volcán erupcionó, empecé a llorar.

Eduardo aún me miraba con una mirada divertida, observaba mi cara con una atención desconcertante, y de forma inesperada me abrazó y me susurró al oído:

-Recuerda, nos completamos.

Me soltó y, con una sonrisa, desapareció.

 

Raphaella Stefany Ribeiro Pimentel (1º BACH)

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