La muerte en la literatura

Sin duda, la muerte es un tema universal en el arte y en la literatura. En este artículo se analiza cómo se ha contemplado en las distintas épocas de la literatura en español.

Edad Media

Los relatos sobre la vida de los caballeros y los santos los presentan enfrentándose a la muerte como un acontecimiento normal o inevitable, y que no se contempla con horror, ya que es el paso necesario hacia otra vida. La muerte está relacionada con tópicos como Ubi sunt?, Homo viator, Vita flumen, Muerte igualadora o Lachrymarum valle.

 

El Cid, después de signarse, a Dios se fue a encomendar;

mucho contento tenía del sueño que fue a soñar.

Otro día de mañana empiezan a cabalgar,

último día es del plazo, un día queda no más.

En la sierra de Miedes acampan a descansar,

a la derecha de Atienza, que es tierra de moros ya.

(Cantar de Mio Cid)

 

Siglo XV

Quien mejor ejemplifica la visión de la muerte en este siglo de transición es, probablemente, Jorge Manrique, que nos ofrece dos perspectivas: la muerte en abstracto (Muerte igualadora) y la muerte de personajes que alcanzaron la fama en vida (Ubi sunt?).

 

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo passado

fue mejor.

(Jorge Manrique: Coplas a la muerte de su padre)

 

Valdés Leal: In ictu oculi

Juan de Valdés Leal: In ictu oculi

 

Renacimiento

La muerte no es un tema muy importante, ya que se da menor importancia a la posibilidad de que haya otra vida y, por lo tanto, se recomienda disfrutar y aprovechar el momento. Esto se refleja en tópicos como Carpe diem, Locus amoenus, o, desde cierto punto de vista, Tempus fugit.

 

Aquella  voluntad honesta y pura,

ilustre y hermosísima María,

que en mí de celebrar tu hermosura,

tu ingenio y tu valor estar solía,

a despecho y pesar de la ventura

que por otro camino me desvía,

está y estará en mí tanto clavada

cuanto del cuerpo el alma acompañada.

(Garcilaso de la Vega: Égloga III)

 

Barroco

El regreso al pesimismo y la recuperación de los grandes motivos medievales, como el de la fugacidad de la vida, hacen que la muerte sea uno de los temas fundamentales, especialmente en la corriente conceptista de Quevedo. Este autor asocia con frecuencia las imágenes de la cuna y la tumba o, como en este caso, los pañales y la mortaja:

 

Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue y un será y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.

(Francisco de Quevedo: soneto ¡Ah de la vida!)

 

Romanticismo

En esta etapa la muerte aparece frecuentemente, debido al sentimiento de desolación de los autores, y se ve desde tres posturas: la muerte como fuerza cruel inevitable, como causa de dolor del poeta y como vía de escape a la cruda realidad.

 

Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena, en mi funeral),
una oración al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
¿quién vendrá a llorar?

(Gustavo Adolfo Bécquer: Rima LXI)

 

John E. Millais: Ofelia muerta

John E. Millais: Ofelia muerta

 

Realismo y naturalismo

La muerte se ve como un aspecto biológico y los autores no le prestan mucha atención; aunque suele ser el final de muchas grandes obras, una vez que el personaje muere no se mira al pasado. También se describen, a veces con ironía, las costumbres e hipocresías que rodean a lo funerario.

 

Llevaban los vetustenses los trajes de cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres; de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las personas decentes no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando, luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año. Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre, el gesto algo más compuesto…

(Leopoldo Alas, “Clarín”: La Regenta)

 

 

 José Fidel González Alfonso  (4º ESO A)

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