Mi yo

Relato ganador del XVII Concurso Literario “Senara”

 

 

Y de pronto desperté. Desperté en mi realidad, esa realidad que tantos momentos me había salvado del aburrimiento, y que tantas veces había surcado hasta ese profundo deseo de libertad. Pero hacía ya tiempo que no surcaba estos mares, que no caminaba por estos bosques, hacía ya tiempo que no estaba en este lugar.

No siento lástima de estar aquí, porque aunque lo negara, siempre he querido estar. Aunque parándome a reflexionar, no sé cómo he llegado, solo sé que desperté, y cuanto más ando por este bello sendero más me olvido del pasado y de mí mismo.

Quiero seguir caminando por el sendero, quiero llegar a mis deseos más profundos, a mis emociones más internas, quiero llegar a mi yo.

Estoy de pie, contemplando el grandioso bosque que me rodea, no hay apenas ruido, hay silencio, no es el tipo de silencio incómodo, sino el silencio agradable, que transfiere seguridad.

A los lados del sendero los árboles cada vez son más robustos, tienen más frutos, unos frutos de colores vivos y llamativos que me incitan a morderlos; me acerco a la manzana más hermosa que había visto nunca, roja como la sangre, su aroma hipnotiza mis sentidos. Estiro el brazo para cogerla, pero desisto, doy media vuelta y sigo mi camino.

Más adelante en el sendero, aparecen una serie de mujeres, altas y esbeltas, hermosas como ángeles, blancas como el hielo; me acarician y me incitan a besarlas, pero las aparto y sigo mi camino. No puedo distraerme.

Al cabo de un tiempo, un hombre esbelto y bello está sentado sobre la dura corteza de un chopo; me siento avergonzado al comparar mi aspecto con el suyo, cuántas veces he deseado yo ser como esos hombres altos y hermosos, conquistar a mujeres con la mirada, pero sigo el sendero, me pongo erguido y camino a paso ligero, como si lo demás no me importara, creyéndome por encima de todo, una sensación de superioridad me invade, pero se convierte en una sensación incómoda, por lo que ceso.

La noche cae y todo está oscuro, mi cuerpo está cansado de caminar por este bosque, cada minuto que pasa mis fuerzas se debilitan, como si estos árboles las absorbieran. Se que tengo que seguir caminando hasta llegar a algún lugar, pero me dan ganas de parar y descansar, me siento en el frío suelo y apoyo mi cabeza en un gran sauce. Al cabo de un rato, un suave olor a menta adormece mis sentidos; el sueño invade mi frágil cuerpo, pero no dejo que gane esta batalla, me pongo en pie y sigo caminando.Crepúsculo

Sin razón alguna el sol comienza a salir, y el camino se llena de luz; al fondo veo un claro, me acerco corriendo. En el centro hay una mujer vieja vestida de negro, unas gruesas cadenas la atan al suelo, y con la cabeza baja dice:

−Debes elegir uno de estos tres sacos, te harán falta para el camino que debes emprender −me dice sin mirarme a la cara.

Aparecen tres sacos de color negro, atados con hilo dorado, cada uno es de diferente tamaño, pero aunque el grande tendrá más cosas, será más difícil de transportar. Cojo el saco mediano, pero me doy cuenta de que hay otro más pequeño.

Pienso que podría meter el pequeño dentro del mediano y la mujer no se daría cuenta, pero no quiero ser avaro, me conformo con el mediano.

Cuando me vuelvo para agradecer el regalo a la mujer, ella ha desaparecido. Decido seguir el sendero.

Después de mucho tiempo caminando, aparece un cachorro en el sendero, atado con una correa a su dueño, el dueño tira de él y, aunque el perro se queje, el señor lo hace con más intensidad. Me entran ganas de pegarle una paliza, pero decido liberar al perro sin que el señor se dé cuenta. Aunque no sé como lo haré.

La mujer vestida de negro vuelve a aparecer a mi lado, con un arco dorado y una flecha de plata; me los entrega. Veo que en un lateral del arco hay una inscripción: Bonum Dei.

Tenso el arco y disparo a la correa; a pesar que yo no tengo buena puntería, rompo la cuerda y libero al perro, que pronto se esconde en el bosque. Dejo el arco en el suelo. Cuando me incorporo, la señora vieja y el señor del perro han vuelto a desaparecer.

Me encuentro otra vez solo en este camino.

Al fondo del sendero hay una luz incluso más intensa que el sol, pero, aunque parezca mentira, no me ciega; cuanto más la miro más me fascina, me atrapa. Me llama, me acerco a ella a paso ligero, pero doy media vuelta y tomo el camino por donde he venido, la luz me llama, pero algo me dice que no debo estar allí.

Paso junto al hombre del perro, que lo tiene otra vez atado como un esclavo, la mujer vieja con los tres sacos, la parte del camino en la que es de noche y me vuelve a quitar la energía, el trozo en el que me sentí por encima de nadie, el hombre esbelto y hermoso que me sonríe, las mujeres que vienen a mí, y por último los frutos de los árboles que me incitaron a morderlos. Todos me miran perplejos.

No entiendo nada, nada, en absoluto nada, todo lo que he hecho se ha esfumado y me ha intentado atacar con sus mejores armas; quiero volver, no quiero seguir aquí.

Y de pronto desperté, estaba tumbado en una cama, pero no era la mía, era la de un hospital. No sé como he llegado aquí, mi estancia en aquel bosque se esfuma de mi cabeza, pero, a la vez que ese recuerdo se esfuma, voy sabiendo quién soy, entrando en este mundo, en el que yo tuve un pasado, y en el que a partir de hoy tendré un futuro. Caigo rendido del agotamiento, pero oigo ruidos de máquinas que pitan a mi lado, y gente que entra en la habitación, mucha gente, oigo voces distintas, y palabras sueltas: constantes vitales, líquido, vida.

Pero, de entre todas esas voces, una me resulta familiar, así que pongo a las otras en un segundo plano y centro mi atención en esa voz que tantas veces me ha hablado, que me ha reñido, que me ha apoyado, que me ha consolado. Mi madre.

−Ha despertado del coma.

 

 

Álvaro de la Torre Lázaro  (4º ESO B)

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