El pintor

 

El reloj continuaba su horrible tic-tac, que ponía de los nervios al pintor. El director de la Escuela de Arte de Viena observaba sus cuadros y grabados con suma atención, con sus ojos tan expertos en el arte que no dejaban ningún fallo sin mirar. Estaban en una habitación exenta de decoración, a excepción de las pinturas del aprendiz, con tan solo una ventana que dejaba ver la mojada plaza donde se situaba la academia. El director era un hombre achaparrado, con unos amplios bigotes castaños y gafas de culo de botella. Tenía el pelo cuidadosamente peinado hacia un lado, aunque la verdad es que no había mucho que peinar.

-No hay personas -declaró el maestro con seriedad.

pintor

-Verá… -se atrevió a decir con vergüenza el joven.

-¿Qué? -insistió, mirándole a los ojos.

-No sé dibujar rostros -informó el pintor, con su sudorosa mano derecha apretando fuertemente el reloj de bolsillo.

El maestro frunció el ceño y con la voz cansada contestó:

-Sintiéndolo mucho, no podrá ser admitido.

El aprendiz recogió sus cinco cuadros, los metió en una bolsa y, con una mezcla de decepción y rabia, salió de la habitación.

El pintor caminaba cabizbajo por la lluviosa Viena. “¿Qué haré? ¿Adónde iré?». De repente, levantó la cabeza y vio un centro de reclutamiento. Tiró los cuadros y fue allí. Después de esperar la larga cola, se encontró delante de una mesa donde un anciano, veterano de guerra al parecer, le propuso:

-Léelo antes -dijo con su rota voz anciana.

Él hizo caso omiso de la indicación y, sin leer el contrato, cogió la pluma y firmó: «Adolf Hitler».

 

Manuel de Castro de Diego  (Segundo de ESO A)

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